The Adversiter Chronicle

miércoles, 1 de agosto de 2018

"Fogones de fogueo", suplemento fartón cutre


Suplemento fartón cutre de The Adversiter Chronicle

Menú del día en el hospital

Cafetería del Hospital de Cabueñes
Calle Los Prados, 395, 33394 Gijón
Principado de Asturias (Spain)

Aprovechando escala en Gijón camino de Tomelloso (el GPS parece tontón) y una visita a urgencias por un caso de callosidades en los uñeros de las dedas de los pies, el equipo de cata gastronómica nos dispusimos a degustar un menú del día que todos comemos al menos alguna vez en la vida aprovechando acudir al hospital a consulta o de visita a alguien ingresado, menú de adeptos fieles por las cualidades y bondades de la cocina que se le supone a un hospital, la fascinación de servirse uno mismo en el ritual de coger la bandeja e ir aprovisionando la misma de los cubiertos, menaje, pan, bebida, comida y servilleta; la magia indescriptible que despierta nuestras glándulas salivares ante la visión de apetecibles manjares que se presuponen deliciosos con la lletanía de mirar las bandejas calientes con los distintos manjares, en resumen, el menú del día en la cafetería de un hospital.

Lo primero que se palpa en el ambiente cuando se coge una bandeja y comenzamos el recorrido de recopilación en la misma, es que nos encontramos ante un menú de altos vuelos y que por fin se entiende cómo se sufraga en parte la sanidad pública o al menos la subvención en cafetería a los probos y probas de la clase funcionarial hospitalaria. Altos vuelos porque los precios son dignos de aeropuerto y lo segundo porque con semejantes precios se deduce que o bien los gastos de hospitalización se sufragan sableando al contribuyente en el precio del menú o de un pastelito. El precio total comiendo el menú completo y el inefable cafelito posterior nos pone la minuta en diez aurelios tranquilamente por comensal, pero el precio es abusivo aunque se escoja la modalidad de medio menú...

De primero nos decidimos por un arroz negro de pinta gótica a la vista pero que viene moteado de marisco y mejillón, cierto que éste parece encogido y el marisco seduce más que sacia, pero siguiendo ese instinto fartón de que si algún plato del menú de día lleva marisco pues se come sí o sí, nos lanzamos a que nos llenaran el plato. Lleno quedó sin llegar al cartel de ocupado y de sabor estaba pasable gracias a la tinta de calamar o sucedáneo pero que dio sabor, los mejillones, algo chuchurríos, se comen sin pensar o te embarga la sensación de cateto de pueblo que va a la ciudad y le timan en la fonda de la estación de autobuses. Pese a todo, mereció la pena catarlo y sació el hambre de forma satisfactoria aunque el marisco debió de sufrir los estragos de la crisis inmobiliaria porque si bien había cáscara, ésta no tenía inquilinos...

De segundo elegimos pollo a la naranja y la primera tacha es que sólo quedaba una pieza en la bandeja caliente y la salsa se había convertido en un espigón semi solidificado que espantaba a la papila gustativa más osada. En estos casos recomendamos la siguiente estrategia: haceros el despistado u despistada y dejáis pasar delante tantos usuarios del menú como tajadas queden para acabar la bandeja y que os toque de una más fresca o al menos más apetecible. Nos sirvieron un voluminoso costillar de pollo donde el mismo brillaba por su ausencia restando tras quitar huesos unas breves tajadas de pollo que pese a su buena pinta al ojo resultó decepcionante al paladar. Venía acompañado de verduritas con ese entrañable sabor de las verduras congeladas cuyo envase aparece enterrado en el permafrost del congelador cuando hacemos limpieza del mismo y se descongela porque las probamos una vez pero no nos acordamos más...

El postre resultó gratamente satisfactorio tras el costillar de pollo y era un tocino de cielo imponente a la vista y grato al paladar que nos dejó esa ansia fartona de devorar media docena más si fuera posible. El inefable cafelito, también a precio de altos vuelos, resultó pasable aunque si padecéis de ligero estreñimiento merece la pena subir a planta y sacar un café de la máquina del mismo en el hall; un par de ellos y encontraréis alivio intestinal de forma poco lastimosa aunque si puede que con algo de esfuerzo, pero mano de santo para el estreñimiento, oiga. La decepción gastronómica, que siempre la hay en estos sitios ya sea por sosa o decepcionante al paladar, se sobrelleva gracias al trato afable y profesional del personal de cafetería y si resulta inevitable o bien vais de sibaritas y de cambiar de ambiente culinario, la cafetería del hospital es una opción válida y asequible pese a sus precios de altos vuelos y bajas calorías.
 
The Adversiter Chronicle, diario dependiente cibernoido
Salt Lake City, Utah
Director Editorial: Perry Morton  Jr. IV

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