Unas memorias de
Antón Rendueles en
exclusiva para The Adversiter Chronicle
Las notas finales
Lo
cierto es que la liturgia era la misma cada vez que había exámenes,
pero las notas finales significaban también el fin de curso y el
comienzo de las ansiadas vacaciones, al menos era mi caso. Sentados
en tres filas de pupitres con dos alumnos, había el grupo `A´ y el
grupo `B´, cada uno con sus preguntas de examen, generalmente eran
diez preguntas y en algunos casos de cinco, pero éstos eran
esporádicos. En cada evaluación se hacía la nota media de dos
exámenes lo cual permitía cierto margen de mejora si uno me salía
regular tirando a mal. No todas las asignaturas eran iguales, las
había que se daba casi por hecho que se aprobaban siempre, como eran
manualidades, gimnasia, religión; luego estaban las serias donde
destacaban matemáticas, al menos en mi caso donde mis entendederas
tendían a irse por pensamientos ajenos a la clase, claro que luego
tocaba resolver dudas con otros compañeros y compañeras, porque
cuando no entendía algo y debía preguntar me fiaba más de las
niñas que de los niños, las mejores notas eran de chicas salvo el
típico empollón que en realidad era ya un poco más maduro de
entendederas, recuerdo especialmente a uno que era un hacha en los
exámenes y hasta llevaba un diario con las anécdotas que se daban
en clase, le vería de nuevo décadas más tarde en la cola del
súper, reconocible pese al paso del tiempo aunque sin la chispa de
antaño. Confieso que era mal estudiante, o estudiante del montón
donde las notas se aprobaban pero con irregulares calificaciones, de
todas formas lo importante era aprobar y que las notas finales no
tuvieran un suspenso que obligara a recuperar en septiembre
asistiendo a clases por las mañanas cortando el rollo vacacional,
pero supongo que era afortunado y no me tocó pringar ningún verano.
Recuerdo las salidas del examen de turno con los inevitables
corrillos según salíamos al acabar el examen, es curioso pero nadie
quería ser el primero en entregar el examen cuando la asignatura era
un hueso, al final cuando se entregaba el primero a la señorita, así
se denominaba a la maestra, en este caso maestras porque salvo el
profesor de gimnasia el resto eran profesoras, jóvenes y entregadas
que lograban en muchos casos meter conocimientos donde sólo había
serrín. Casi dos décadas después, tuve que volver al colegio por
temas burocráticos y me encontré con cuatro de mis antiguas
señoritas, por algún extraño arcano recordaban aquel estudiante
anodino y gris que nunca destacó en nada, pero me recordaban y fue
una sensación extraña ver como todo se había vuelto más pequeño
de como lo recordaba, siendo yo también más pequeño. Eran buenas
profesoras y a todas les debo algo de lo que aprendí entonces y
he aprendido después, aunque alguna fuera puñetera en sus preguntas
de examen para luego no ser tan mala cuando tocaba evaluar, ponían
en práctica un concepto novedoso entonces como era la `evaluación
continua´ que permitía mejorar la nota o empeorarla según fuera
el carácter del alumno. No digo las alumnas porque siempre se
portaban bien y cuando no lo hacían siempre lograban que echaran la
culpa a un chico del armar barullo en clase porque siempre fueron más
inteligentes. Al final lograron que tuviéramos herramientas
necesarias para el periplo vital, aunque de aquella mi única
motivación era aprobar y disfrutar de las vacaciones, pero aprobar
tenía su mérito aunque fuera con `5´ raspao...
Antón
Rendueles




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