The Adversiter Chronicle

martes, 22 de marzo de 2016

"Lomo con tapas", suplemento literato cutre


Suplemento literato cutre de The Adversiter Chronicle

Libro: El juramento – Un cirujano bajo el fuego -
Autor: Khassan Baiev con Ruth y Nicholas Daniloff
Editorial: Entre Libros
Traducción: Alberto Jiménez Rioja y Nuria Jiménez Rioja
Edición: Mayo 2005


Viajamos a uno de esos conflictos olvidados por diversos motivos pero podría resumirse parafraseando un dicho en que Chechenia queda demasiado lejos de Alá y demasiado cerca de Rusia, porque la propuesta que traigo es el testimonio de un checheno, de un médico y de un creyente que ahora se denomina
por la OTAN y los otros como moderado, pero aunque las noticias las colapsan los refugiados sirios que anhelan entrar en Europa, el patio trasero de Rusia también vive desde los 90´s una tragedia humanitaria de la que nadie se acuerda en el mundo feliz del consumismo y donde instantáneamente relacionamos checheno con fundamentalismo terrorista islámico...
¿Otra victoria propagandística del neo imperialismo ruso de Putin y sus formas y maneras de la extinta URSS?


Khassan Baiev nació en 1963 en un suburbio de Grozny. Para desarrollar su cuerpo de frágil constitución, se impone una dura disciplina en las artes marciales: judo, taekwondo y sambo. Unos años más tarde es uno de los mejores atletas de su país. Las competiciones le permiten viajar por varias ciudades de Rusia y de Siberia. Estudió medicina en Krasnoïark. Sus dotes de deportista le abrieron algunas puertas en sus estudios, especializándose en cirugía reparadora. Terminados sus estudios, de regreso en Grozny, le sorprende la guerra y la proclamación de independencia del general Doudaïev. Desde entonces las amenazas de muerte de un bando y del otro son cotidianas. Forja buenas amistades con otros médicos, tanto rusos como chechenos y con doctores venidos de otros países. Como más vidas salva, más amenazada se encuentra su vida, hasta el punto de verse obligado a pedir asilo político a los Estados Unidos en el año 2000, junto a su mujer e hijos. Ha sido galardonado por muchas de las asociaciones de derechos humanos , incluyendo Human Rights Watch, Médicos Sin Fronteras y Amnistía Internacional.

Datos sacados de la contraportada como es tradición y sin más verborrea unos breves párrafos que os inciten a su lectura...

Chechenia...
Para el mundo occidental el nombre de Chechenia es sinónimo de terrorismo
internacional. La opinión generalizada es que esta rebelde jurisdicción de Rusia es tierra de gente sin ley y objetivo de los radicales de Oriente Medio, que pretenden convertirla en una república islámica. La toma del teatro Nord-Ost en Moscú, en octubre del 2002, por activistas chechenos, no hizo más que exacerbar esta imagen beligerante. La verdad tras los titulares es, sin embargo, muy distinta. Los que realmente tienen la información saben que la gran mayoría de los chechenos son gente trabajadora, ansiosa de contar con una Constitución, leal a las antiguas costumbres y contraria a los extremistas islámicos. Aunque los periodistas han descrito la Chechenia en guerra, e incluso algunos han llegado a disfrazarse para sortear los controles militares, ningún observador extranjero ha sido capaz de ofrecer al mundo un cuadro de lo que significa hoy ser checheno. Este cuadro emerge, por fin, en estas valerosas memorias del doctor Khassan Baiev, un cirujano checheno que curó a unos y a otros poniendo su vida en peligro.”

Dada...
"En 1944, tras una breve estancia en casa después de ser dado de alta del hospital militar, las autoridades soviéticas le deportaron a Kazajstán. Treinta y cinco años después, unos cuantos Jóvenes Pioneros -una especie de equivalente comunista de los Boy Scout- de Murmansk descubrieron fotografías y notas que Dada y sus camaradas de la guerra habían metido en una botella y enterrado en las trincheras. Sólo entonces las autoridades militares locales reconocieron que Dada era un veterano, le condecoraron y le concedieron una pensión. Siempre que veía a Dada con sus condecoraciones en las fiestas soviéticas, sentía orgullo mezclado con amargura por la injusticia de las cosas. Todas esas medallas -la Orden de la Victoria por su lucha contra los nazis, la Orden de la Revolución de Octubre, la Orden de la Gloria, la Orden del Trabajo y la Orden del estandarte Rojo- y, sin embargo, ¡todos los chechenos habían sido indiscriminadamente acusados de colaborar con los nazis! Las autoridades soviéticas enviaron a los chechenos a luchar en los peores frentes porque eran valerosos pero, cuando los chechenos se distinguían en el campo de batalla, Moscú se negaba a reconocer su coraje.”

Un joven soviético...
Ese verano de 1980 volé a la ciudad de Krasnoiarks, en Siberia, con Musa Salekhov, mi amigo de la escuela, para solicitar el ingreso en la Facultad de Derecho. Musa era también judoka y miembro del equipo nacional soviético. No era la primera vez que visitaba una ciudad siberiana: en el noveno y el décimo curso había hecho un viaje en tren de casi 4.000 kilómetros para competir en diversos certámenes y había
 asistido al campamento de entrenamiento de judo en Burevestnik, situado a unos veinte kilómetros de la ciudad, junto al río Yeniséi. Mi antiguo entrenador del campamento, Alexei Alexeyevich Krivkov, estaba esperándonos cuando aterrizamos.
Me gustaba todo de Krasnoiarks: su historia, el modo en que la nieve crujía bajo nuestros pies en invierno y las noches de verano en las que el sol no se ponía hasta la una de la madrugada y podías pasear a lo largo del río Yeniséi. En el siglo XVII, Krasnoiarks era poco más que una fortaleza que protegía a los exploradores rusos y a los tramperos de las tribus locales. A comienzos del siglo XX se había convertido en un foco de agitación obrera. Hoy es una ciudad de un millón de habitantes con doce centros de enseñanza superior, más de un centenar de fábricas, muchos parques, y avenidas bordeadas por filas de alerces plateados.”

Invasión de tropas rusas...
"El 31 de diciembre una bomba alcanzó el hotel Kavkaz, cercano al Palacio Presidencial y no lejos del hospital. Las tropas rusas habían cruzado la frontera y se estaban agrupando en las afueras de Grozni. En la ciudad los combatientes chechenos, bajo el mando del coronel Aslán Masjádov, antiguo oficial soviético, esperaban repeler el ataque. Sospechábamos que el hospital sería el siguiente blanco pero nadie dijo nada sobre marcharse. Nuestro pequeño equipo, formado por el personal médico que quedaba, se reunía en la sala de médicos. Todos teníamos miedo pero no queríamos ponerlo de manifiesto. Miré a mi amigo Movsar Idalov, un traumatólogo. Aparentaba tranquilidad pero yo sabía que, como me ocurría a mí, temblaba por dentro. Todos nos volvimos hacia el de más edad, Khamzat Elmurzayev, un cirujano de cincuenta y cinco años. Sería él quien tomara cualquier decisión. Khamzat dudó y luego nos dijo que todo el mundo abandonaba Grozni y que también nosotros debíamos marcharnos.”

Principios de abril de 1995...
Fue un baño de sangre. Los ataques rusos sobre los pueblos chechenos solían comenzar del mismo modo: los militares rusos acusaban a los pobladores de dar refugio a los
combatientes. Sin embargo, en la mayoría de los caos -y Samashki no era una excepción- los ancianos del pueblo negociaban antes con el comandante de campo checheno para que sus tropas se fueran del lugar. En Samashki los rusos pidieron a los ancianos que les entregaran unos sesenta y cuatro fusiles. Los ancianos les explicaron que ellos no tenían tales armas. Esa fue la excusa que los rusos necesitaban para iniciar una incursión de castigo, movilizando sus carros de combate y disparando sobre todo aquel que saliera al paso, incluyendo ancianos, mujeres y niños. Si la gente hubiera tenido armas hubiera abierto fuego, pero no hubo resistencia y los soldados alcanzaron rápidamente el centro de la población.”

Moscú...
En el verano de 1998 volví a Moscú para pasar tres o cuatro meses aprendiendo las últimas técnicas en injertos de piel. Las fechas me venían bien porque Zara esperaba  
nuestro tercer hijo para últimos de noviembre, y yo quería estar de vuelta para el parto. Además, suponía que el reencuentro con viejos amigos como Abek Bisultanov y Musa Saponov me levantaría el ánimo. Ir en coche por Moscú, desde el aeropuerto Vnukovo, fue un shock. Después de llevar tanto tiempo viviendo en Chechenia estaba acostumbrado a lo gris. La prosperidad de Moscú me desorientaba: las vallas publicitarias con anuncios de cigarrillos Marlboro, las rimbombantes promesas de bancos y aerolíneas, las chicas ligeras de ropa anunciando productos por televisión, y señales luminosas por todas partes. Miraba por la ventanilla del taxi y no podía creer lo que veía. En el carril contiguo, una joven atractiva conducía mientras hablaba por un teléfono móvil. Volvos, Jeep Cherokees y Mercedes pasaban como rayos. Todo se había occidentalizado desde que Rusia se embarcó en el capitalismo.”

Nuevos vientos de guerra...
Después del asalto de Basáyev a Daguestán las esperanzas de evitar la guerra desaparecieron. Por entonces a la mayoría de la gente ya ni siquiera le importaba la independencia. Lo único que queríamos era continuar con nuestras vidas, pero la guerra se hizo inevitable después de las bombas que explosionaron en Moscú y en otras ciudades. El primer coche bomba hizo explosión en la plaza Manezh a finales de agosto, provocando un muerto y varios heridos. A éstas siguieron las explosiones de unos barracones de soldados en Buinakask, donde hubo sesenta y dos rusos muertos, mujeres y niños incluidos. Los terroristas chechenos fueron culpados por ambas partes.”

Evacuando heridos...
Los rusos habían cerrado las salidas del pueblo, a excepción del desvencijado puente peatonal sobre el Sunzha. Aún estaba oscuro cuando cargamos los tres primeros  
pacientes y condujimos hacia el río para reunirnos con los jóvenes voluntarios de Kulari que iban a llevárselos. Río abajo, a unos metros de la pasarela, un tractor y un camión grande estaban atascados en medio de la corriente, por donde habían intentado vadear el río. Pusimos a los heridos en mantas y atamos un largo nudo en cada extremo, como si fueran grandes asas. A esa hora de la mañana el puente estaba vacío. Después de escuchar la llamada de alguien al otro lado los voluntarios cargaron con los heridos. Entonces, en filas india, avanzaron paso a paso a través de la pasarela, una operación difícil. El más leve viento balanceaba el puente. Tiempo atrás los refugiados que huían del pueblo habían perdido el equilibrio y se habían precipitado al agua helada.”

Buscando asilo político...
Pronto llegó respuesta de Washington: sería bienvenido si conseguía llegar. Les dije a Doug y Peter que tenía que atender a unos pacientes, pero que a primeros de abril quedaría libre. Odiaba tener que dejar otra vez a mi familia, pero ellos notaban mi agotamiento y se daban cuenta de que necesitaba recuperarme. A mediados de marzo viajé a escondidas a Moscú. Corría algún riesgo yendo allí, pero contaba con la protección de las organizaciones de derechos humanos y con el hecho de que en Rusia la mano izquierda solía desconocer lo que hacía la derecha. Alguien, Karina probablemente, debió informar a la prensa de mi llegada, ya que tres reporteros del canal independiente de televisión NTV fueron a recibirnos. Hablé con ellos a regañadientes, porque sabía que si hablaba con demasiada franqueza pondría en alerta a las autoridades rusas. Aquella noche, NTV anunció: `Hoy ha llegado a Moscú un famoso médico de Chechenia de gran reputación entre los comandantes de campo chechenos´. Mala cosa.”

Libro más que recomendable para conocer un escenario geoestratégico y un drama humanitario por el testimonio de un testigo de primera línea, acongojarnos de que las tácticas con mercenarios para saquear poblaciones por parte de los mandos militares rusos son un hecho y las maniobras en las cloacas con víctimas rusas inocentes, orquestados por los servicios secretos a la forma del KGB, una realidad que se esconde a la ciudadanía rusa...

Ideal para amantes de la historia, de las hazañas bélicas y al ser humano en general que surge en tiempos de guerra y que se quedan a hacer lo que puedan por paliar el dolor mientras los demás huimos a escondernos, testimonio de un médico que sólo ve heridos sin importarle la bandera de su uniforme o el origen de su nacimiento y perseguido, tal vez por su humanidad, por ambos bandos.


The Adversiter Chronicle, diario dependiente cibernoido
Salt Lake City, Utah
Director Editorial: Perry Morton  Jr. IV

http://theadversiterchronicle.org/


 
                                                       





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