The Adversiter Chronicle

lunes, 28 de diciembre de 2015

"Memorias de la Transición", por Antón Rendueles


Unas memorias de Antón Rendueles en exclusiva para The Adversiter Chronicle

DÍA DE LOS INOCENTES

Las vacaciones escolares de Navidad se escurrían por el calendario. Atrás quedaba la cena, el discurso del Rey, el turrón que empapaba la boca y la familia, poca pero unida sentados a la mesa. Tardes de cine, de televisión y salidas a compras eran el pequeño mundo de quien dejaba de serlo para entrar en la adolescencia...

Pero el 28 de diciembre era especial, un día marcado que esperaba todo el año, cuando los años no eran días en el calendario y las semanas podía ser eternas como en época de exámenes o a la vuelta de vacaciones, o efímeras como eran las semanas de vacaciones. Supongo que toda mi generación vivía ese día, eramos consumidores compulsivos de los tebeos de Bruguera y Zipi y Zape, Carpanta, Mortadelo y Filemón, Rompetechos...

Y tantos y tantos personajes de un puñado de dibujantes que nos indujeron subliminalmente a tener sentido del humor, apreciar lo absurdo de la vida y que siempre por estas fechas acaba alguien con un monigote de papel en la espalda colgando para chanza de transeúntes en sus historietas. Alguien debería algún día de hacer una tesis sobre cómo influyeron aquellos personajes y sus historietas a tener espíritu tolerante y educaron con humor lejos de la sombra de la Guerra Civil que acechaba inquietántemente el mundo de los adultos en aquella Transición, sería un justo homenaje a los dibujantes y siempre que veo a Ibáñez en algún artículo de prensa o revista no puedo dejar de pensar que es el último de una estirpe de humoristas nacidos al calor de la censura, trabajar para vivir y un agudo sentido de la observación cotidiana, olvidados injustamente en esta etapa de la revolución digital y de comunicaciones en tiempo real con audio y vídeo...

Además de predisposición a gastar inocentadas se daban dos aspectos para vivir plenamente la jornada: mi hermana y mi primo, que es mi hermano, ya tenían entendederas para ser sufridores de las mismas y sobre todo ser cómplices a la hora de gastarlas a nuestro entorno. La ciudad disponía de dos establecimientos emblemáticos a la hora de adquirir arsenal de bromas, Randa, la tienda de artículos en la zona de la Plaza de San Agustín, ahora convertido el espacio en centro comercial , donde ya no hay andenes que dejen y recojan pasajeros y no existen las tiendas que conocí...

El otro sitio era el kiosko de El Pedos enfrente de lo que era el Cine Albéniz, en uno de esos portales antiguos, con su boina y su voz de la que apenas se entendían las palabras y al que siempre se le gastaba la broma de pedirle una bolsa de gamusinos y empezaba a buscar y refunfuñar mientras te ofrecía bolsas de pipas, caramelos o regaliz porque no tenía los gamusinos... Supongo que hace tiempo que cría malvas como mis piernas atadas a la silla de ruedas o el viejo barrio donde el esqueleto de edificios es el mismo de antaño pero no su alrededor, cambiado y familiar, tétrico y reconfortante al viajar por la memoria...

Siempre recopilaba un buen arsenal como bombas fétidas, petardos para cigarros y el mítico frío y calor que lograba que ardiera el culo del incauto. En casa, en una caja, esperaban su ocasión el dedo vendado de pega, el paquete de chicles que era una pinza que te atrapaba los dedos y cosas así. Teníamos una cagada de pega, muy realista en color y textura visual además de buenas proporciones y que hizo a nuestro abuelo cagarse en todos los muertos de la perra porque al levantarse a orinar esa mañana de Santos Inocentes había una hermosa cagada al pie del inodoro...

Tal vez la vida sea una tragicómica broma y el destino un bromista en manos de un niño que recorta un monigote de papel para hacer una inocentada...
Antón Rendueles

The Adversiter Chronicle, diario dependiente cibernoido
Salt Lake City, Utah
Director Editorial: Perry Morton  Jr. IV

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