Éramos jóvenes,
veinteañeros aunque yo le sacaba unos años enfilando ya la recta de
los treintañeros, pero en aquel momento éramos dos jóvenes que
entraron a trabajar a la vez. Coincidió que estábamos taquilla con
taquilla, nunca tuvimos más trato que la típica cháchara de
vestuario...
Tenía estudios de
formación profesional en la rama del metal, yo no tenía estudios
relacionados pero sí la necesidad de un trabajo y experiencia
laboral previa que me permitía no ir de patoso pardillo y sí
aprender rápido, preguntar las dudas y fijarme en los veteranos. Sus
vicisitudes laborales me eran desconocidas salvo que estaba en otra
nave. Había que ser polivalente, capaz de desempeñar cinco puestos
distintos donde cada uno tenía sus características. Un día me
avisan que me van a cambiar de nave, luego supe que había más faena
de la habitual y por mi versatilidad decidieron cambiarnos el turno,
yo pasaría al de noche y él al turno de tarde. Es algo que me
mortificó después, una mortificación de origen desconocido...
Me enteré al llegar al
vestuario, hubo un accidente en la nave. Un obrero había sido
pillado entre los topes de los vagones. Éramos joven carne de cañón
laboral, subcontratados y aunque siempre se paraba 24 horas cuando
alguien fallecía en accidente laboral, yo lo sabía y me extrañó
que nadie nos dijera que ese turno no trabajaría como señal de
duelo. Busqué un sindicalista de los que revoloteaban por allí, me
dijo que no se contemplaba en el convenio laboral hacer paro de 24
horas si el fallecido era de una subcontrata, así de científicamente
frío, sólo un número en las estadísticas anuales de accidentes y
fallecimientos por causa laboral...
Sentí rabia, impotencia y
dolor porque yo debería ser el que estuviera en ese turno y esa
tarea. Sé de sobra que no tuve nada que ver ni pienso que alguien
murió en mi lugar, simplemente yo no hubiera cometido la imprudencia
de pasar entre los topes de los vagones, hubiera trepado al vagón y
bajaría por el otro lado, el procedimiento habitual. Por alguna
razón, supongo que bisoñez laboral, se le ocurrió atajar pasando
entre los topes de los vagones...
La vida siguió, fuimos
sus desconocidos compañeros de subcontrata por el tanatorio,
recuerdo a la madre llorando a su hijo. Por la tarde fue el funeral,
quedamos fuera de la iglesia y le vimos hacer su último viaje en el
coche fúnebre. Al día siguiente volví a mi puesto y la vida
siguió...
Ni siquiera sé cómo se
llamaba y ya no recuerdo su rostro, pero aún recuerdo su muerte por
estas fechas...
Por algún extraño
arcano, sigue mortificándome.
The
Adversiter Chronicle, diario dependiente cibernoido
Salt Lake
City, Utah
Director Editorial: Perry Morton Jr.
IV
http://theadversiterchronicle.org




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