The Adversiter Chronicle

miércoles, 6 de febrero de 2013

"Lomo con tapas", suplemento literato cutre


Suplemento literato cutre de The Adversiter Chronicle

 Libro: Soldados del Tercer Reich – Testimonios de lucha, muerte y crimen  
Autor: Sönke Neitzel & Harald Welzer
Editorial: CRÍTICA           
Traducción: Gonzalo García
Edición: 2011

 
Este es de esos libros que te puede llevar a la confusión a la hora de elegirlo como lectura del estante de la biblioteca.

En principio la contraportada nos habla de una obra basada en los testimonios de los soldados del Eje, mayormente alemanes, capturados entre 1940 y 1945 por los aliados y encerrados en instalaciones británicas y estadounidenses con la salvedad de que sus conversaciones eran grabadas…

Al empezar a leerlo, tienes la desagradable sensación de que parece justificar las atrocidades de la soldadesca nazi pero al poco tiempo de avanzar las primeras páginas asistimos en realidad a un delicioso estudio psicológico de las motivaciones del entorno socio-político y los marcos de referencia en que se forjó la despiadada máquina de guerra nazi.

 
Asistimos a las conversaciones de unos soldados que al principio, cuando la máquina de guerra alemana brilla con sus victorias de conquista de Europa y la moral está alta, a cómo a medida que se tuercen las cosas para Hitler afloran en las conversaciones temas que justifican renegar del nazismo.

Y es muy interesante porque esos marcos de referencia se instalaron con su idiosincrasia en la España posterior a 1939, se licuaron a partir de 1953 y finalmente asistimos a residuos en las televisiones afines a tesis de derechas y santos patrones… 

 Sönke Neitzel, nacido en 1968, fue nombrado en 2010 Senior Fellow  del Instituto de Ciencias Culturales de Essen y es, desde 2011, catedrático de Historia Moderna y Seguridad Mundial en la Universidad de Glasgow. Se dio a conocer con Abgehört. Deustche Generäle in britischer Kriegsgefangenschaft 1942-1945, publicado en 2005.

 Harald Welzer, nacido en 1958, es director del Centro de Investigación Interdisciplinar de la Memoria, del Instituto de Ciencias Culturales de Essen y enseña Psicología social, entre otras materias, en la Universidad de St. Gallen. Ha publicado, entre otras materias, en la Universidad de St. Gallen. Ha publicado, entre otras obras, Täter. Wie aus ganz normalen Menschen Massenmörder werden (2005), y Guerras climáticas (2008). Sus libros se han traducido a 15 idiomas.

Información sacada de las solapas como siempre y como siempre me solapo para dejaros unas breves pinceladas…

Introducción a las sociedades y sus naufragios…

“Los casos de naufragio de sociedades enteras muestran la extensión con la que pueden llegar a actuar las ataduras culturales. Así ocurrió con los vikingos normandos, que hacia el año 1000 conquistaron Groenlandia y sucumbieron al no saber renunciar a las costumbres agroalimentarias que habían traído de Noruega, a pesar de que, en Groenlandia, las condiciones climáticas eran muy distintas. Así, en lugar de alimentarse de pescado, muy abundante en la zona, intentaron practicar la ganadería, pese a que la estación de los pastos, en la isla, no duraba el tiempo suficiente. Esto no supone que fuera imposible sobrevivir en tales circunstancias ambientales, como demuestra el caso de los inuit, que ya poblaban Groenlandia en tiempos de los vikingos y en la actualidad todavía la pueblan. El ejemplo más famoso del  naufragio de una sociedad debido a las ataduras culturales lo ofrecen los habitantes de la isla de Pascua, que invirtieron tal suma de recursos en la producción de esculturas gigantes como símbolo de la condición social que, a la postre, socavaron la base de la supervivencia hasta el punto de causar su propia extinción.

Las ataduras culturales (entre las cuales deben incluirse también, por supuesto, las religiosas) aparecen en los sentimientos y conceptos de la vergüenza y el honor, y, en general, en la incapacidad de solventar los problemas <<racionalmente>>  aun cuando, desde el punto de vista del observador, tales soluciones parecen hallarse tan a mano como en el caso de los vikingos, a los que les habría bastado con pasar de la carne al pescado.”                                                            

 

Situaciones…

“En 1973 se realizó en la Universidad de Princeton un experimento notable. A una serie de estudiantes de teología se le encomendó la tarea de redactar una breve conferencia sobre la parábola del buen samaritano. Una vez elaborada la charla, se invitaría a cada autor por separado a presentarse en un determinado edificio del campus, donde se grabaría una lectura para emitirla por radio. Mientras un estudiante aguardaba en solitario a recibir la invitación a presentar la charla, aparecía de pronto alguien que le decía: << ¡Vaya! ¿Aún estás aquí? ¡Hace tiempo que tendrías que estar allí! Date prisa, ¡con un poco de suerte, el asistente aún te estará esperando!>>. El estudiante corría a su destino y, en ese mismo momento, se situaba ante la puerta  del edificio universitario elegido a una persona que fingía desamparo, y, entre toses y gemidos, se retorcía en el suelo. Era imposible entrar en el edificio sin percibir a esta persona que, a todas luces, parecía estar pasando graves dificultades…

…Lo primero que nos dice este experimento es que, antes de que una persona actúe con respecto a algo, debe haberlo percibido. Cuando alguien trabaja con toda la concentración puesta en una labor, simplemente, desconecta la percepción de muchas otras cosas: lo que no tiene que ver con el cumplimiento de la tarea. Esta focalización no tiene nada que ver con cuestiones morales, depende de la economización de los actos, necesaria y casi siempre activa, que procura prescindir de lo superfluo. Otros experimentos han demostrado que la decisión de ayudar depende, en alto grado de `quién´ necesite la protección: se ayuda antes a las personas atractivas que a las que no lo son; ayudamos antes a las personas, que por sus rasgos externos, pertenecen al mismo grupo en el que nosotros nos incluimos, que a aquellos que adscribimos a grupos ajenos. También a aquellas personas que parecen haber sido las causantes de su propia desgracia –como por ejemplo, los borrachos- se las ayuda con menos frecuencia que a las que han caído en una mala situación por causas externas.”

 

Crímenes de guerra: matar como fuerzas de ocupación…

“Desde la Antigüedad, la concepción de lo que supone un crimen de guerra se ha ido transformando considerablemente y sin cesar. En consecuencia, apenas cabe construir una medida de lo que,  en relación con el ejercicio de la violencia, cabe considerar una guerra <<normal>>. En vista de la incontable cantidad de personas que, en el transcurso de la historia, han caído víctimas de la violencia desenfrenada, la pregunta que cabría formular es la contraria: si respetar las convecciones de limitación de la violencia no es lo excepcional en la guerra, mientras que la falta de normas sería la condición normal. A ello se puede oponer que ningún comportamiento social –y por ende, tampoco ninguna guerra históricamente constatable- se ha desarrollado sin reglas; ni siquiera la segunda guerra mundial. El marco de referencia de los soldados les daba una idea ciertamente clara de las formas de ejercicio de la violencia eran legítimas y cuáles no lo eran; lo que no significa que los límites de lo legítimo no se pudieran transgredir.

No obstante, no cabe duda de que, durante la segunda guerra mundial, la violencia se liberó de sus límites, cualitativa y cuantitativamente, hasta alcanzar un extremo sin precedentes. Es cuando más cerca se ha llegado de la <<guerra total>>, una condición que, en cualquier caso, requiere de la descripción teórica. La experiencia de la primera guerra mundial había provocado que, en los análisis realizados en el seno de las fuerzas armadas en el periodo de entreguerras, muchos consideraran ora necesaria ora inevitable una radicalización de la guerra. E n consecuencia, la guerra siguiente sería una guerra <<total>>; en ello coincidían muchos expertos. La diferenciación entre combatientes y no combatientes ya no se antojaba propia de los tiempos, en una época en que las naciones luchaban por la supervivencia, empleando ejércitos masivos y sociedades movilizadas casi por completo. Así, en el periodo de entreguerras, aunque se produjeron varios intentos, no pudo imponerse un freno regulador al embrutecimiento de la guerra. La eficacia de las grandes ideologías, el distanciamiento general con respecto a ideas liberales, el perfeccionamiento de nuevas armas como por ejemplo los bombardeos estratégicos y los planes de movilización cada vez más expansiva convirtieron en papel mojado todos los esfuerzos de contención de la violencia.
 A ello se añadieron las numerosas y diversas experiencias violentas vividas entre 1918 y 1939 (la guerra civil rusa, 1918-1920; represión de los levantamientos en Alemania, 1918-1923; guerra civil española, 1936-1939; guerra chino-japonesa, desde 1937), que corrían diametralmente en contra de los intentos de prescribir reglas que controlaran el uso de la violencia en la guerra. Por ello, ni siquiera la firma de la segunda Convención de Ginebra sobre el trato debido a los prisioneros de guerra (1929) pudo contrarrestar decisivamente esta evolución.”

 

Luchar, matar y morir…

“En este contexto es interesante destacar que las propuestas de crear <<misiones suicidas>> no procedían de la máxima dirección política o militar, que por otro lado no se había cansado de exigir que se combatiera hasta la muerte. Mientras que en los frentes terrestres cientos de miles de soldados perdieron la vida de  resultas de las órdenes de resistencia a ultranza, Hitler no supo decidirse a ordenar a la Luftwaffe que emprendiera un ataque suicida con varias decenas de pilotos. Por otra parte, el asalto del 7 de abril de 1945 no fue una misión kamikaze en el sentido clásico de la palabra, dado que los pilotos podían salvar la vida con el paracaídas. Sobrevivió el 60 por 100 de aquellos pilotos, un porcentaje que hacía ya tiempo que no se alcanzaba, por ejemplo, en la rama submarina…

…En su conjunto cabe afirmar que las misiones suicidas de Hitler mostraron una incoherencia pasmosa. Exigió a los soldados que combatieran hasta el último cartucho y hasta el último hombre. Sus órdenes debían vetar toda retirada y toda rendición antes de hora y, mediante una lucha fanática, mostrar el supuesto camino a la victoria bélica. Incluso cuando hablaba de que <<todo búnker, todo edificio de una ciudad alemana o cualquier pueblo (debe) convertirse en un fortín en el que o bien el enemigo se desangre o bien los defensores queden sepultados bajo ellos en un combate hombre contra hombre>>, estaba aceptando que había supervivientes. Así ocurrió por ejemplo con los defensores de la fortaleza de Metz, para los cuales Hitler creó incluso una banda de brazo especial. Si hubieran empleado el último cartucho para quitarse la vida, no cabe duda de que Hitler lo habría considerado particularmente honroso.
Ello no obstante, el dictador no exigió esa actitud con decisión; y sin embargo, las órdenes de resistencia a ultranza que emitió tuvieron como consecuencia el sacrificio de las vidas de cientos de miles de soldados. Hacia ellos, Hitler solo mostró indiferencia. Lo veía como una parte necesaria de la batalla por el destino del pueblo alemán, que se estaba jugando la victoria o la destrucción. Pero, a pesar de toda esta dureza, Hitler se arredró ante el último paso, ordenar `con determinación´ un ataque suicida; igual que se arredró al evitar el empleo del gas venenoso como último nivel de la guerra total.”

 

Traslación a las guerras actuales…



“La perdición de las personas que había en tierra empieza en el momento en que uno de los soldados de los helicópteros cree reconocer a un iraquí armado. Desde el momento de esta identificación, el grupo de personas de tierra, que los tripulantes observan a gran distancia, por medio de monitores, se convierte en un <<blanco>>: la intención de apuntar a ese blanco y destruirlo resulta prácticamente automática, a partir de aquí. Al cabo de unos pocos segundos, otros tripulantes identifican nuevas armas; en pocos segundos pasamos de una persona armada a varias; las armas se convierten en rifles semiautomáticos del tipo AK-47; finalmente un AK-46 da paso a un cohete anticarro.

Cuando el primer helicóptero recibe la orden de atacar, el grupo desaparece de su vista, porque ha quedado detrás de un edificio. En este momento, la percepción de los soldados se centra sobre todo en enmarcar de nuevo a aquellas personas con el visor. Ahora, los supuestos insurgentes no sólo llevan armas, sino que también las utilizan…”

 

Sin hacer prisioneros…

“El trato otorgado a los prisioneros de guerra, durante la segunda guerra mundial, adoptó formas muy distintas. Varió desde el seguimiento literal de la Convención de Ginebra hasta la matanza colectiva. Mientras en los campos alemanes sólo murió entre el 1 y el 3 por 100 de los prisioneros angloestadounidenses, la cifra de los soldados del Ejército Rojo asciende a cerca del 50 por 100; esta cifra supera en mucho incluso la elevada tasa de mortalidad de los prisioneros aliados en cautividad de los japoneses. El exterminio sistemático mediante el hambre, que interpreta un papel en las propias actas de las escuchas, es algo que sin duda queda fuera del marco de referencia convencional de la guerra y sólo cabe comprender en el marco de la guerra de exterminio nacionalsocialista. Dicho sea de paso, las actas también muestran que los soldados espiados consideraban del todo reprobable el trato dado a los prisioneros del Ejército Rojo y que podían desarrollar empatía por los maltratados. Aunque, en su mayoría, la tropa no solía
 entrar en contacto con la auténtica vida cotidiana de los campos, los soldados han visto pasar los incontables trenes de prisioneros del frente hacia la retaguardia y tenían una idea clara y exacta de cómo se trataba a los soldados enemigos. Sin embargo la mayoría fueron sólo espectadores; las posibilidades de alterar en algo las circunstancias fueron siempre muy limitadas.

En la zona de combate se presentaba una situación completamente distinta. Aquí prácticamente todo soldado normal era un agente a quien correspondía decidir por si solo, en la mayoría de los casos, si mataba a su adversario o si lo hacía prisionero. En el calor de la batalla, siempre había que negociar desde cero cuando el soldado enemigo que aún quería se matar se convertía en un prisionero cuya vida se debía proteger. Esta zona gris podía prolongarse durante horas o incluso días, por ejemplo cuando los prisioneros y sus guardias se veían envueltos en nuevas acciones de combate.”

 

Libro ideal para lectura reposada, turnos de noche con vigilia y a la suegra que gusta de emisoras televisivas papales y de nostalgia franquista, también para la suegra a ver si se entera de que su marco de referencia es dañino y deje de regañarnos como niños…

Psicología de soldadesca marcada ésta por el ambiente socio cultural y político de sus marcos de referencia antes del  conflicto, los alemanes y el nazismo en este caso…

Modelo vigente en España tras la guerra civil y más o menos latente hasta 1981, aunque veamos cadenas de televisión que quieren anclarnos en el pasado.

 
The Adversiter Chronicle, diario dependiente cibernoido
Salt Lake City, Utah
Director Editorial: Perry Morton Jr. IV
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