CUANDO ALGUIEN SE PONE
A CONTARNOS SOBRE SUS INVERSIONES
Hoy
trataré de una compostura del postureo que surgió a raíz de que
capas sociales que antaño jamás podrían llegar a soñar con
inversiones en inmuebles o en la bolsa de valores, ahora se ven con
capacidad económica para invertir unos dineros. Esta permeabilidad
social permite que quien más y quien menos tenga un conocido,
amistad, familiares, colegas e incluso pufistas que te cruzas con
uno y entre tristes historias te suelta que en breves tendrá dinero
para pagar los pufos pendientes gracias a una inversión cojonuda,
pero cojonuda; se llega incluso a escuchar la desfachatez de porqué
no invertimos también, con una pequeña comisión, resultando que no
sólo no te pagan los pufos pendientes sino que te sacan dinero por un
negocio de dudosa ganancia y se lleva la comisión sí o sí en
cualquier caso. Es sólo un ejemplo gráfico y peculiar, deseo tratar
de esos momentos que surgen en época de reuniones desenfadadas
familiares, profesionales, de peña, de agrupación de cualquier
peregrina actividad que se nos ocurra y, en definitiva, cualquier
ámbito donde las conversaciones son más informales y el bebercio
suelta la lengua. Por lo general quienes invierten suelen ser
discretos, casi mudos para alguien que no sea de su plena confianza,
esa rapiña que se da en las clases adineradas de la sociedad. Y
luego tenemos el común de los mortales que le sobran unos cuartos y
le atrae la idea de invertir, cantidades insignificantes para
millonetis, pero auténticos dinerales para clase obrera,
estudiantil, funcionaria y jubilados de diversa índole; gente
corriente que gana cien, doscientos e incluso mil euros invirtiendo lo
mínimo, que gustan de compartir la fortuna con esa solidaridad que
sólo se da en las clases populares. Lo malo es que nos cogen por
banda y comienzan a dar la brasa contándonos lo bien que han
invertido, maravillosos planes de futuro a medio plazo y hasta
tecnicismos bancarios que resultan extraños arcanos para el profano
oyente. No se les puede cortar la brasa, llevar la contraria ni
siquiera el truco de llamada en el móvil en modo vibración porque
no queremos molestar ni ofender pese a que nos suene a chino la parte
técnica y se nos nuble el pensamiento al escuchar que invierte una
cantidad que supone para uno más de lo que gana en un año. La mejor
compostura del postureo es ponernos en modo oyente semi pasivo
soltando de vez en cuando un `entiendo`, un `¡es
increíble! No conviene preguntar por cantidades salvo que el
interlocutor inversor esté ya con pedete lúcido, el que nos cuenta
sobre sus inversiones necesita soltar el rollo porque siente la
incontrolable necesidad de contarlo y estadísticamente se demuestra
que un alto porcentaje se arrepiente si lo cuenta ebrio y
sencillamente no recuerda si contó algo cuando estaba de pedete
lúcido por no decir que borracho como una cuba. También la
compostura del postureo en esta circunstancia requiere discreción
por nuestra parte para evitar prolongar la brasa predicando además
las bondades de invertir como él hizo, una transformación donde
actúa como un agresivo agente comercial sólo comparable a un
ferviente predicador de origen converso. Terminar advirtiendo de
quienes nos cuentan sobre sus inversiones y sabemos de sobra que va
de farol y trolero, ante lo cual se puede adoptar la compostura del
postureo de llamarle fantasma o reírnos haciendo creer que nos
tragamos sus trolas financieras y cuando ya está convencido de que
tenemos dinero para invertir le mandamos a freír espárragos.




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