The Adversiter Chronicle

martes, 12 de noviembre de 2013

"Lomo con tapas", suplemento literato cutre



Suplemento literato cutre de The Adversiter Chronicle

Libro: La Guerra Naval en el Pacífico
Autor: Luis de la Sierra
Editorial: Editorial Juventud, S.A.
Edición: Tercera edición, 1998

Queda poco menos de un mes para el aniversario del ataque japonés a Pearl Harbor y qué mejor lectura que el libro que traemos hoy.
Porque soldados, pilotos y tripulantes siempre tienen más probabilidades de terminar con sus restos en una fosa donde es posible rendirlos homenaje por sus deudos u otros semejantes mas la marinería, como podemos apreciar en la lectura, suele acabar las más de las veces en tiempos de guerra con sus huesos en la misma tumba marina que el barco en que servían...

Un japón empeñado en la guerra de conquista de China asiste temeroso desde 1939 a 1941 a una proyección de futuro en que los EEUU podrían bloquear el envío de materias primas procedentes de su espacio vital en Asia y productos estadounidenses que alimente su maquinaria de guerra en poder ascendente desde la guerra con Rusia y fortalecida mediante material vanguardista y adiestramiento.

Sabedores de que EEUU es un gigante dormido en su aislacionismo pero potencialmente superior en todos los aspectos de una guerra de recursos industrializados, siguen la doctrina de golpear primero y ganar tiempo para realizar un arco defensivo de la metrópoli en el Pacífico...
Asistimos a las batallas navales y sentiremos el fragor de los combates, la angustia de la muerte acercándose y asistiremos a lo que no quedó registrado en los documentales: una Armada Imperial poderosa pero que tecnológicamente estaba atrasada respecto a su antagonista y un material de combate aéreo rápidamente superado por la industria y el ingenio estadounidense.

El autor sabe llevar a las neuronas del lector los aspectos que no suelen destacarse como son los errores de los mandos japoneses y norteamericanos y la sorpresa de ver de que en ocasiones las ventajas tecnológicas eran superadas por el talento nipón que aunque sabedores las tripulaciones de su más que cierto futuro en el fondo del mar, atacaban con espíritu samurai disparando incluso con el barco hundiéndose y provocando graves daños a la escuadra contraria...

El pavor al mostrarnos los daños en calderas y pañoles donde al lector le viene de forma innata a la mente imágenes de seres humanos en un infierno de llamas y hierros retorcidos...
Os doy datos del autor que son de 1979, año de la primera edición:
Luis de la Sierra nació en Santander en 1920; cursó los estudios de bachillerato en los colegios de los padres jesuitas de Orduña y de San José de Curia, en Portugal, donde vivió tres años. Llevado por sus aficiones marineras, heredadas de su padre (que, aunque arquitecto, quiso haber sido marino), se alistó como marinero voluntario en 1937. Embarcó en seguida en el crucero Almirante Cervera donde permaneció hasta finalizar la Guerra Civil. Luego pasó a la Escuela Naval Militar de San Fernando y obtuvo el ascenso a alférez de navío en 1943.

Como guardiamarina, y en los empleos de alférez de navío, teniente de navío, capitán de corbeta y capitán de fragata, ha navegado en los veleros españoles Juan Sebastián Elcano y Galatea, así como en cruceros, destructores, minadores, fragatas, patrulleros y dragaminas a través del Atlántico, pacífico y Mediterráneo.
Especialista en armas submarinas, posee dos cruces del Mérito naval y fue comisionado a los Estados Unidos para tomar el mando del primer buque de guerra cedido a España por aquel país en virtud del Tratado de Asistencia Mutua.
Sus aficiones literarias le llevaron a escribir artículos sobre temas navales en periódico y revistas españoles. Su primer libro, Buques suicidas, fue galardonado con el premio Virgen del Carmen.


Esta vez la solapa es generosa en datos y nos queda claro que no era republicano precisamente aunque sólo había la alternativa de ser nacional de aquella cuando se alistó. Como detalle antropológico el único detalle que podría producir rechazo a la lectura, el partidismo, reducido a un alegato contra la URSS y los partidos comunistas europeos. Pero estamos ante una magnífica forma de relatar los hechos y se aprecia en más de una ocasión su reconocimiento al valor, virtudes y preparación de los miles de marineros japoneses que descansan en los pecios del Pacífico.
Tiene el libro además para amantes de los mismos, el placer de tener que recurrir en ocasiones al diccionario para entender términos que sin ser extraños a veces desconocemos su significado al embarcarnos a bordo en medio de las batallas...Sin más, unas breves pinceladas...


Teatro de operaciones...
"Exceptuando la campaña submarina alemana del Atlántico, la lucha naval en ese océano y en el Mediterráneo durante la segunda guerra mundial resulta poco menos que un juego de niños comparada con la que se libró en el Pacífico durante la misma conflagración. Bástenos una muestra sobre las pérdidas navales, en buques mayores, de los que llevaron la peor parte: los derrotados. A la Kriegsmarine le hundieron dos acorazados y un crucero de batalla; un solo acorazado a la Regia Marina -inmediatamente reflotado-. A una y otra, ningún portaaviones, porque desafortunadamente para ellas, con ninguno contaron en toda la guerra. En el Pacífico, el japón perdió diez formidables acorazados y cruceros de batalla y veinte portaaviones, amén de treinta y ocho cruceros y ciento veintinueve destructores... En resumen, del millón y medio de toneladas de
buques de guerra con que contaba la Armada Imperial al comenzar la contienda, y de las que construyó durante ella, al final apenas le quedaban unas doscientas mil; es decir, le fueron hundidas 1.965.646 toneladas de buques de guerra.”

7 de diciembre de 1941...
"En la madrugada del 8 de diciembre -7 en Pearl Harbor -recibió el almirante Hart el dramático mensaje lanzado al éter en claro desde Pearl Harbor y que ya conocemos: `Air Raid on Pearl Harbor. This is no Drill.´
No hubo duda alguna sobre su autenticidad, pues el operador que lo recibió había reconocido la inconfundible pulsación del que lo transmitía. Así que Hart alertó inmediatamente a la Escuadra Asiática y al jefe del Estado Mayor de McArthur.

El 6 de diciembre había salido de Kossol Roads, en Palaos, rumbo a
Mindanao, una Fuerza japonesa compuesta por el portaaviones Ryujo, dos cruceros pesados, uno ligero y ocho destructores, al mando del contralmirante Tanaka. Hacía calor, la mar estaba en calma, los delfines saltaban fuera del agua para observar a los doce buques grises que se movían hacia el Oeste a 18 nudos, y, aparentemente, nada hacía presagiar la terrible guerra que muy pronto daría comienzo: una guerra que le iba a costar al Japón más de tres millones de muertos.”

Guadalcanal...
A las 0223, el almirante Mikawa, tras cambiar impresiones con su Estado Mayor, dio la orden de retirada. Sus unidades estaban desperdigadas, y calculó que ponerlas otra vez en disposición de combate y alcanzar el fondeadero de Guadalcanal para atacar a los transportes enemigos le llevaría unas dos horas y media. Entonces sólo faltarían sesenta minutos para la salida del sol, momento en que sin la menor duda serían atacados en masa por los aparatos de los portaaviones americanos, que la tarde anterior estaban en aquella zona, pues ellos habían podido recoger, `fuerte y claro´, todas sus conversaciones radiotelefónicas. Retirándose a las dos y media de la madrugada, al amanecer podrían estar a más de cien millas de distancia de Savo, lo que obligaría a los portaaviones enemigos a aproximarse a Rabaul para poder atacarles, es decir, a entrar en el radio de acción de los aviones de la 25ª Flotilla japonesa.”

Testimonio de un superviviente...
Yo me encontraba -dice el entonces capitán de corbeta John L. Chew, jefe de las baterías antiaéreas del `Helena´- en mi puesto del combés, detrás del puente de mando. Al cesar el estruendo de la batalla y de las explosiones de los torpedos se produjo un raro silencio que nunca olvidaré. Muchos de nosotros nos dimos entonces cuenta de que el buque estaba sentenciado. La oscuridad era de alquitrán, y aunque la mayoría llevábamos linternas de emergencia, no nos atrevimos a emplearlas, por temor a recibir algún cañonazo. Hubo poca confusión, y se me ordenó lanzar al agua las balsas de proa. Aunque no tuve dificultades en la faena, me quedé sin sitio en ninguna. En vista de lo cual desamarramos las redes del costado y nos descolgamos por ellas hasta el mar. Sentí como si me sumergiera en un baño de agua tibia, y mi reloj se paró entonces, en las 0225. A mi alrededor, todo estaba tranquilo, aunque lleno de petróleo. Los demás buques habían proseguido en persecución de los japoneses, y aunque el `Helena´ se hundía rápidamente, caballeroso hasta el fin, nos concedió un margen de unos diez o quince minutos para alejarnos de él.”

Libro de ágil lectura y apasionantes hechos que hará las delicias de marineros de plato de ducha, vigilias laborales o de espera y a la suegra que puede servirle de aviso de lo que pasa cuando se provoca a un gigante dormido...

Homenaje también a las historias olvidadas de quienes yacen en el fondo del mar y que nos sirve de recordatorio de los estragos en vidas humanas que produce la guerra aunque ésta sea a veces inevitable.
 
 
The Adversiter Chronicle, diario dependiente cibernoido
Salt Lake City, Utah
Director Editorial: Perry Morton Jr. IV

http://theadversiterchronicle.org/
 



 

 
 
 
                      
                        

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