The Adversiter Chronicle

viernes, 14 de diciembre de 2018

"Memorias de La Transición", por Antón Rendueles


Unas memorias de Antón Rendueles en exclusiva para The Adversiter Chronicle

Aquella recreativa de Space Invaders

Poniéndome al día de lo escrito por otros kameraden de redacción, aunque sea a distancia y nunca tome un café con ellos porque añoro cuando iba con mis piernas y no empujado, leo el artículo de Kitapayá y sus consuelos con vídeojuegos. El vídeo que acompaña su artículo trata de la historia de los tales juegos y me ha hecho volver a los viejos tiempos de La Transición. Es algo que hace que valore aún más a la sociedad de mis mayores y sus generaciones que navegaban en la incertidumbre y sin embargo, en mi caso y en el de la mayoría, fuimos una generación privilegiada de infancia dentro de las posibilidades que tenían de hacernos privilegiados en comparación a su infancia, tal vez porque los abuelos la vieron truncada y los padres y madres querían lo que ellos no pudieron tener...
Mi trocito de historia de La Transición trata hoy de esa época, el dictador llevaba momia ya unos dos o tres años, hablo a ciegas porque la nebulosa del recuerdo tapa la nitidez de las fechas, pero si lo marca el recuerdo de la máquina recreativa, pero empezaré por el principio:
Por razones, que no vienen al caso pero sí a cuento de, laborales de mis mayores, mi padre en esa apisonadora y trituradora de almas que era el trabajo a turnos y en horas robadas al descanso pluriempleado mientras que mi madre, al igual que tantas mujeres de su generación, abrían senderos de camino laboral e independencia que da el trabajo que sólo una generación antes estaba mal visto y en la mayoría de las oportunidades eran caminos vedados a la mujer...
El caso es que algunos días de la semana yo comía en un bar, era restaurante pero era tal su decadencia que ya era más un viejo bar que una vez fue restaurante, con un decrépito mostrador refrigerado que era escaparate donde una vez hubo chuletas, chuletones y pescados, la hidalguía hispana heredera de la que retrataba Cervantes aplicada al gremio de la hostelería, restos desconocidos para mí del esplendor de otras épocas, pero que mi ojos de niño sólo veían como algo con el polvo del tiempo del que siempre huye la infancia por instinto...
La pareja que lo regentaba era acorde con esa sensación que emanaba del conjunto del local, él con los estragos de excesos de alcohol y ella una joven belleza marchita que predispone a pensar que debió de meterse mucha caña, pero eran majos supongo y la verdad es que recuerdo con placer los recuerdos de sus guisos...
Tenían una máquina recreativa, recuerdo que no había aún máquinas tragaperras o tal vez había una de las primeras pero no recuerdo soniquetes machacones o frutas girando, supongo que lo recordaría porque recuerdo perfectamente la máquina recreativa del juego del Ping-Pong. Ya parecía algo cutre, desgastada por trotar en otros locales y la enorme pantalla de tubo y las dos rayitas...
No me fascinó mucho, yo era de máquina de petacos, muñones por muñecas para el futbolín y poco más. Veía cómo jugaban porque tenía que esperar hasta que me servían la comida pero no sé, supongo que ya conocía la máquina, seguro que sí, pero nunca me fascinó. Así fue durante un tiempo...
Entré como siempre ya hambriento y maldiciendo que hubiera que volver a clase en poco más de hora y media, así que comer en el restaurante tenía el encanto de un mundo inexplorado con la seguridad de que era territorio conocido por mis mayores y, reitero, el trato de aquella decrépita pareja de hosteleros en su decrépito restaurante conmigo fue familiar en el trato y nunca me sentí en lugar extraño...
Según entré en el restaurante noté que ya no estaba la máquina recreativa, lo noté de refilón y seguí el recorrido al final de la barra tras saludar a los parroquianos para preguntar qué había. Lo siguiente que recuerdo fue girar la vista, enfocar la salida y ver desviada mi atención por una nueva máquina recreativa que me daba la espalda al entrar y logró que no me percatara de su presencia hasta ese momento...
Era la Anunciación de una nueva Era que ahora disfrutamos y desarrollamos. Era luminosa, había bichos alienígenas y una nave que pilotar para destruirlos, eso veía aquella mirada de niño en lo que en realidad eran monigotes en hilera que iban descendiendo hasta el nivel de un colorido aparato geométrico que disparaba una raya vertical y hacía ¡chuii! cada vez que salía disparada...
Ahora son, por no variar, tiempos revueltos que reducen todo aquello a simplezas y adjetivos que etiqueten una cosa que era franquismo, pero es falso porque fui testigo y no había eso que dicen, Franco estaba muerto y enterrado al igual que lo estaba siendo su régimen político de dictadura. Eran tiempos de gestos serios en los adultos, de conversaciones de las que te apartabas por instinto y te ibas a jugar porque habían creado un mundo para sus hijos...
Quiero pensar que sigue habiendo niños y niñas que juegan y están en su mundo mientras los adultos hacemos el canelo y dejamos de ver para sólo mirarnos el ombligo porque sí sé que en otros sitios hay niños y niñas que al igual que que los que entonces eran adultos, no tienen infancia porque deben sobrevivir. Quiero pensar que hay infancia feliz que un día mirarán atrás y cuando les digan que sus mayores y la época de su infancia eran tiempos grises, puedan decir que no, que había democracia y que pese a todo, tuvieron una infancia privilegiada dentro de sus posibilidades...
Me gusta pensar así cuando todo se vuelve gris y ceniza una vez más, supongo.
Antón Rendueles

The Adversiter Chronicle, diario dependiente cibernoido
Salt Lake City, Utah
Director Editorial: Perry Morton  Jr. IV

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