The Adversiter Chronicle

lunes, 24 de julio de 2017

"Lomo con tapas", suplemento literato cutre


Suplemento literato cutre de The Adversiter Chronicle

Libro: La reina Victoria
Autor: Lytton Strachey
Editorial: Lumen
Traducción: Silvia Pons Pradilla
Edición: Octubre de 2008

Es el veinte aniversario del fallecimiento de Diana de Gales y resulta un buen momento para visitar la biografía de otra mujer que está en el imaginario colectivo no sólo del mundo anglosajón: la mítica reina Victoria, que dio nombre a toda una época con su longevo reinado pero de la que realmente poco se sabe...

Iremos de la mano de un autor y un libro escrito en las primeras décadas del pasado siglo con un estilo al que ya no estamos acostumbrados y que en buenas manos que manejan mejor la pluma es un delicioso recorrido basado en numerosos documentos y obras engarzadas maravillosamente por Lytton Strachey siendo tildada de ser la mejor biografía sobre la reina Victoria incluso hoy en día. Otro acierto es que vemos la óptica de la protagonista donde nombres de la historia, hombres y mujeres, conocidos y con libros dedicados a sus obras y sus actos pasan ante nosotros igual que pasaron por su vida y que conocemos y el autor utiliza por sus diarios y correspondencia desde pronta edad. Viviremos sus alegrías, su amor devocional a su esposo muerto prematuramente,su dignidad imperial y al igual que ella a medida que pasamos la páginas también sentimos su dolor y su nostalgia ante el inevitable paso de la muerte que nos arrebata los seres queridos y admirados.

Giles Lytton Strachey nació en Londres en 1880 y falleció en Wiltshire en 1932. Fue uno de los ensayistas y biógrafos más destacados del grupo Bloomsbury. Hijo de la aristocracia inglesa, desafió las convenciones de su tiempo y revisó los presupuestos morales y éticos de su época en obras maestras del género biográfico. Refinado y viperino ensayista, provocador, incisivo y capaz de enfrentarse sin complejos a las consagradas figuras de la historia política, intelectual y social de Inglaterra.
Datos sacados de la contraportada y, sin más rollos, unas breves reseñas que os inciten a su apasionante lectura:

Hace falta un sucesor o sucesora al trono...
Tras la muerte de la princesa cobró gran importancia, por más de una razón, que el duque de Kent se casara. En lo concerniente a la nación, la falta de herederos en la familia reinante parecía convertir ese paso en obligatorio y, con toda probabilidad, desde el punto de vista del duque, resultaba igualmente conveniente. El hecho de tener que casarse como deber público, por el bien de la sucesión de un país agradecido. Cuando el duque de York se casó recibió una retribución de veinticinco mil libras anuales. ¿Por qué razón no habría de esperar el duque de Kent una suma similar? Pero la situación no era tan sencilla. Había que tener en cuenta al duque de Clarence, el mayor de los hermanos, y si él se casaba, era evidente que tendría prioridad a la hora de reclamar el dinero. Por otro lado, si el duque de Kent se decidiera a contraer matrimonio, había que recordar que estaría haciendo un importante sacrificio, puesto que se vería implicada la reputación de una dama.”

Conociendo su destino al trono...
Al año siguiente se decidió que había llegado el momento de explicarle la situación. La escena es de todos conocida: la lección de historia, el árbol genealógico de los reyes de Inglaterra que la institutriz había colocado de antemano entre las páginas del libro, la sorpresa de la princesa, sus preguntas y al fin la comprensión de los hechos. Cuando la niña lo entendió guardó silencio durante unos minutos y después dijo: `Seré buena´. Aquellas palabras fueron algo más que una declaración convencional, algo más que la expresión de un deseo impuesto; fueron, en su limitación e intensidad, en su seguridad y humildad, un resumen intuitivo de las cualidades dominantes de una vida. `Lloré mucho al saberlo´, observó Su Majestad tiempo después. Sin duda, mientras los otros estuvieron presentes, entre ellos su querida Lehzen, la pequeña mantuvo la compostura, pero después corrió a esconderse para vaciar su corazón de una agitación extraña y profunda en un pañuelo, alejada de la vista de su madre.”

Su tío, el rey Leopoldo de Bélgica...
La correspondencia con el rey Leopoldo revelaba mucho de lo que aún permanecía parcialmente oculto del carácter de Victoria. Con su tío siempre había mantenido una actitud firme. En respuesta a todos sus avances, Victoria había levantado un muro infranqueable. La política exterior de Inglaterra no era de su incumbencia; era competencia de la reina y de sus ministros. Las insinuaciones de su tío, sus ruegos, sus intentos, fueron del todo inútiles, y era preciso que él comprendiera la situación. La rigidez en la actitud de Victoria era aún más sorprendente a causa del respeto y el afecto con que la acompañaba. Desde el principio y hasta el final, aquella reina impasible siguió siendo una sobrina afectuosa y ejemplar. El mismísimo Leopoldo debió de envidiar una corrección tan perfecta, pero lo que es admirable en un estadista de edad avanzada resulta alarmante en una joven de diecinueve años. Y los observadores privilegiados no estaban libres de cierto temor. Esa extraña mezcla de ingenua alegría y firme resolución, de franqueza y reticencia, de puerilidad y orgullo, parecía augurar un futuro plagado de perplejidad y peligros.”

Príncipe Alberto...
Al mismo tiempo, su actividad experimentaba un enorme crecimiento en una esfera más importante. Se había convertido en el secretario privado de la reina, en su consejero personal, en su otro yo, y como tal estaba presente en todas sus entrevistas con los ministros. Empezó a interesarse, como la reina, por la política exterior, pero no había ningún asunto interno en el que no se percibiera su influencia. Se estaba produciendo un doble proceso: mientras Victoria se sentía cada vez más sometida a su poder intelectual, Alberto, al mismo tiempo, estaba cada vez más absorbido por la maquinaria de la alta política: los asuntos incesantes y variopintos de un gran Estado. Nadie podía tildarlo de diletante; era un trabajador, un personaje público, un hombre de negocios.”

Viuda...
La muerte del príncipe consorte marcó el momento crucial en la historia de la reina Victoria. Sentía que su vida se había agotado con la de su marido y que los días que le quedaban en este mundo habrían de ser sombríos: una suerte de epílogo a un drama que ya había terminado. Y su biógrafo tampoco se libra de una sensación similar; también para él la última mitad de su larga carrera es una etapa sombría. Los primeros cuarenta y dos años de la vida de la reina están iluminados por una gran cantidad de información, auténtica y variada. Con la muerte de Alberto, un manto desciende sobre ella. En contadas ocasiones, a intervalos irregulares e inconexos, ese manto se alza durante un instante y se adivinan algunos contornos, unos pocos detalles significantes, pero el resto sigue siendo conjeturas y ambigüedad. Así, aunque la reina sobrevivió a esa dolorosa pérdida durante casi tantos años como llevaba de vida antes de que se produjera, la crónica de esos años no es comparable con la historia de la primera mitad de su vida.”

Madre preocupada...
Todo habría ido bien si los problemas domésticos de la reina se hubieran solucionado con la misma facilidad. Entre sus preocupaciones más serias estaba la conducta del príncipe de Gales. El joven se había casado e independizado, se había sacudido de los hombros el yugo familiar y comenzaba a hacer lo que le venía en gana. Victoria estaba muy inquieta y sus peores temores parecieron hacerse realidad cuando en 1870 el príncipe tuvo que declarar como testigo en un juicio de divorcio. Era evidente que el heredero al trono se había estado relacionando con gente que Victoria no aprobaba. ¿Qué se podía hacer? Se dio cuenta que su hijo no era el único culpable, que también había que tener en cuenta el papel de la sociedad, de modo que le despachó una carta al señor Delane, director de “The Times”, en la que le pedía que `escribiera artículos frecuentes sobre el inmenso peligro y los males causados por la frivolidad y la superficialidad de las opiniones y el estilo de vida de la clase alta´. Y cinco años después el señor Delane escribió un artículo sobre ese tema. Sin embargo, no pareció tener mucha repercusión.”

Se acerca el final...
La tarde había sido dorada, pero después de todo, el día iba a terminar con nubes y tormenta. Las necesidades y ambiciones imperiales implicaron al país en la guerra de Sudáfrica. Hubo reveses, contratiempos y desastres sangrientos que sacudieron la nación y la reina atendió con verdadera solicitud la preocupación de su pueblo. Pero tenía el ánimo en alto y su valor y su confianza no se tambalearon ni por un instante. Entregada en cuerpo y alma a la lucha, trabajó con redoblado vigor, se interesó por los detalles de las hostilidades e hizo cuanto estuvo en sus manos para rendir sus servicios a la causa de la nación. En abril de 1900, cuando tenía ochenta y un años, tomó la extraordinaria decisión de renunciar a su visita anual al sur de Francia y viajar a Irlanda, que había proporcionado una cifra particularmente elevada de reclutas a los ejércitos que había en el campo de batalla. Se quedó tres días en Dublín, donde recorrió las calles, pese a las advertencias de sus consejeros, sin escolta armada, y la visita resultó un éxito absoluto. Sin embargo en el transcurso de ese viaje comenzó, por vez primera, a mostrar señales de la fatiga propia de la edad.”

Biografía apasionante en un delicioso estilo narrativo ideal para lectura reposada de verano, a la luz de la mesita y que hará las delicias y despertará el interés a lectores variopintos, amantes de la historia, de la realeza, de las biografías y para curiosos. Podemos pasar unas risas si lo regalamos a la suegra que pensará que se trata de la reina actual y meterá la pata en reuniones y saraos cuando salga el tema...


The Adversiter Chronicle, diario dependiente cibernoido
Salt Lake City, Utah
Director Editorial: Perry Morton  Jr. IV

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