Unas memorias de
Antón Rendueles en
exclusiva para The Adversiter Chronicle
Salir a comer
Solía
ser de domingo, la semana que mi padre de jueves salía del turno de mañana y
no tenía que volver hasta el turno de noche del lunes. A mi madre le
encantaba el sitio, una pizzería con buenas manos en los fogones y
amplio comedor con ventanales que daban una vista del paseo de la
playa y las mesas aledañas al ventanal eran de las más codiciadas
entre la clientela. Yo siempre pedía el escalope milanés y
procuraba masticar despacio paladeando los placenteros sabores. De
postre, tarta de chocolate o de otra variedad igual de rica para mi
paladar. Ya no existe la pizzería y el local es otro más vacío de
contenido y trajín de clientela, y aunque ahora no es nada más que
otro local, siempre que paso no puedo evitar la nostalgia, de la
buena que no duele demasiado y te permite seguir conservando buenos
recuerdos. Así, recuerdo el ambiente familiar de la clientela, una
percepción de observar las otras mesas y era reconfortante sin saber
siquiera el motivo. Yo disfrutaba también de ver a mi padre con el
domingo libre, cuando pensaba en su trabajo a turnos y descansando
entre semana, y cada semana empezar un nuevo turno y cambiar la
rutina, sentía un escalofrío que más tarde comprendí cuando era yo
el que trabajaba a turnos. Pero la vida era bella porque tenía la
intuición infantil de que el motivo del escalofrío sería
descubierto cuando fuera adulto. Aquellas salidas a comer a la
pizzería me permitían apreciar pequeñas cosas, detalles como el
murmullo de las conversaciones en otras mesas, el diligente camarero
que siempre tenía una palabra amable y detalles con la chiquillería
que estaba encandilada, yo ya estaba algo mayor para ser un chiquillo
pero si mi hermana. Tampoco era una rutina ir por sistema, pasaban
semanas y cuando mi madre decía que mañana domingo se iba, creo que
segregaba saliva pensando en el escalope milanés y volver al ya
entrañable comedor. Volví hace unos años y había menguado la
clientela semanal, me senté en la vera del ventanal y tuve la
impresión de que era una despedida a un anciano que te conoce desde
niño y te vio crecer hasta que un día el niño se hizo adulto y no volvió
en años pero justo a tiempo de una despedida final. No soy el único,
aquella pizzería trascendió de ser otro negocio especializado de
hostelería para transformarse en memoria colectiva de la que nunca
hablas con nadie y cuando coincides con alguien que la conoció hay
recuerdos y sensaciones comunes. Por supuesto que el local, los
platos y hasta los ventanales precisan de un buen propietario y dueño
de los fogones como era el caso y que vio crecer a la chiquillada que
iba con sus adultos a degustar sus platos, memoria viva de una ciudad
que cuando fallezca el último que la vivió quedará sepultada en el
olvido más allá de una noticia de su ciere en el periódico para la
hemeroteca de prensa local, tal vez alguien un día mirará el
ejemplar en la biblioteca buscando algo y se tope con la noticia del
cierre de la pizzería pasando la página sin darle importancia.
Antón
Rendueles
The
Adversiter Chronicle, diario dependiente cibernoido
Salt Lake
City, Utah
Director Editorial: Perry Morton Jr.
IV
http://theadversiterchronicle.org




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