The Adversiter Chronicle

jueves, 15 de octubre de 2026

"Memorias de La Transición", por Antón Rendueles

Unas memorias de Antón Rendueles en exclusiva para The Adversiter Chronicle

Salir a comer

Solía ser de domingo, la semana que mi padre de jueves salía del turno de mañana y no tenía que volver hasta el turno de noche del lunes. A mi madre le encantaba el sitio, una pizzería con buenas manos en los fogones y amplio comedor con ventanales que daban una vista del paseo de la playa y las mesas aledañas al ventanal eran de las más codiciadas entre la clientela. Yo siempre pedía el escalope milanés y procuraba masticar despacio paladeando los placenteros sabores. De postre, tarta de chocolate o de otra variedad igual de rica para mi paladar. Ya no existe la pizzería y el local es otro más vacío de contenido y trajín de clientela, y aunque ahora no es nada más que otro local, siempre que paso no puedo evitar la nostalgia, de la buena que no duele demasiado y te permite seguir conservando buenos recuerdos. Así, recuerdo el ambiente familiar de la clientela, una percepción de observar las otras mesas y era reconfortante sin saber siquiera el motivo. Yo disfrutaba también de ver a mi padre con el domingo libre, cuando pensaba en su trabajo a turnos y descansando entre semana, y cada semana empezar un nuevo turno y cambiar la rutina, sentía un escalofrío que más tarde comprendí cuando era yo el que trabajaba a turnos. Pero la vida era bella porque tenía la intuición infantil de que el motivo del escalofrío sería descubierto cuando fuera adulto. Aquellas salidas a comer a la pizzería me permitían apreciar pequeñas cosas, detalles como el murmullo de las conversaciones en otras mesas, el diligente camarero que siempre tenía una palabra amable y detalles con la chiquillería que estaba encandilada, yo ya estaba algo mayor para ser un chiquillo pero si mi hermana. Tampoco era una rutina ir por sistema, pasaban semanas y cuando mi madre decía que mañana domingo se iba, creo que segregaba saliva pensando en el escalope milanés y volver al ya entrañable comedor. Volví hace unos años y había menguado la clientela semanal, me senté en la vera del ventanal y tuve la impresión de que era una despedida a un anciano que te conoce desde niño y te vio crecer hasta que un día el niño se hizo adulto y no volvió en años pero justo a tiempo de una despedida final. No soy el único, aquella pizzería trascendió de ser otro negocio especializado de hostelería para transformarse en memoria colectiva de la que nunca hablas con nadie y cuando coincides con alguien que la conoció hay recuerdos y sensaciones comunes. Por supuesto que el local, los platos y hasta los ventanales precisan de un buen propietario y dueño de los fogones como era el caso y que vio crecer a la chiquillada que iba con sus adultos a degustar sus platos, memoria viva de una ciudad que cuando fallezca el último que la vivió quedará sepultada en el olvido más allá de una noticia de su ciere en el periódico para la hemeroteca de prensa local, tal vez alguien un día mirará el ejemplar en la biblioteca buscando algo y se tope con la noticia del cierre de la pizzería pasando la página sin darle importancia.
Antón Rendueles

The Adversiter Chronicle, diario dependiente cibernoido
Salt Lake City, Utah
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