The Adversiter Chronicle

martes, 7 de febrero de 2012

"Lomo con tapas", suplemento literato cutre


Suplemento literato cutre de The Adversiter Chronicle


Libro: La conspiración de los iguales
Autor: Ilya Ehrenburg
Editorial: Ediciones Júcar
Edición: Primera edición, noviembre de 1974
Traducción: César V. Gárate y Damiana Peret



Traemos hoy una deliciosa novela en una de esas ediciones prehistóricas que pueden adquirirse en la Semana Negra y de un autor plenamente soviético.

 Ilya Ehrenburg nació en Kiev en 1891 y falleció en Moscú en 1967.

Sus ideas políticas le obligaron a emigrar. Visitó gran parte de Europa y regresó a su país en 1917. Desde 1921 residió en París, pasando por Berlín y Bélgica, hasta que en 1940 volvió a Moscú. También estuvo durante la Guerra Civil en España.
Es una de las figuras más conocidas y actuales de la literatura soviética (¡1974!)
Lo mejor de su producción son las novelas y los cuentos de gran intención satírica.
De su producción destaca: Julio Jurenito, Trust D. E., Miguel Likov, El amor de Juana Ney, La conspiración de los iguales, La novena ola, Historias inverosímiles, La tempestad, El deshielo, novela ésta última que constituyó un primer anuncio de las autocríticas que se produjeron en Rusia tras la muerte de Stalin y fue “Premio Stalin de Literatura” en 1942 y 1947.

 Y posiblemente si no nos sumergimos de lleno en el contexto histórico del autor que no saquemos todo el jugo a una deliciosa novela donde no resulta difícil trasponer los personajes y la Francia revolucionaria a la URSS. Incluso los comportamientos políticos siguen vigentes lo cual hace disfrutar triple del libro: como novela, como crítica a un sistema y como guiños al lector. La grandeza de la novela lo constituye que el mundo del autor ya no existe pero supo captar la naturaleza humana describiendo comportamientos políticos y sus motivaciones aunque al final siempre resulta ser una: el poder, alcanzarlo y perpetuarse.



El 27 de julio de 1794, triunfa el golpe de Estado que significaría el ocaso de la revolución Francesa. Un complot derriba a Robespierre y a Saint-Just junto con sus compañeros de lucha más fieles.

Este acontecimiento supone el inicio de la denominada <<reacción termidoriana>>, con el reinado de los especuladores y aventureros políticos. Precisamente entonces se alza la voz de Graco Babeuf, un nuevo incorruptible que aspira a imprimir a la revolución un impulso decisivo, instaurando una especie de comunismo por medio de la implantación de una dictadura revolucionaria. La insurrección armada y la tentativa fracasaría, y precisamente en este aspecto se centra La conspiración de los iguales, que constituye, al par que una gran novela, un auténtico testimonio histórico.
Aunque lo anterior me hace parecer un erudito, recordaros que la información viene en la contraportada del libro en mis manos.

De todas formas hay que reconocer que chirrían algunos aspectos de entorno ya que el autor, el personaje principal, habla de obreros en una Francia que aún no conocía el proletariado como tal puesto que sería la revolución industrial quien crearía el fenómenos de las masas obreras cargadas de hijos a la vera de las industrias. No creo que un “obrero” se sintiera tal y sí perteneciente a un gremio, quiero decir que no creo que los obreros de la Francia revolucionaria tuvieran conciencia de ser tales y sí aprendices de oficio encuadrados estos en gremios y sí sentirse burgueses en el término de residir en la ciudad y aspirar a ciertos derechos políticos que culminaría en la Revolución Francesa si bien para que estallara hubo otros detonantes siendo el más importante la hambruna y miseria de la ciudadanía.



Pero ahora que todo indica que nos hallamos a las puertas de la revolución social que acompaña esta era de revolución digital o de telecomunicaciones, la lectura resulta amena, interesante y además entretenida.

Pero os dejo con unos breves pasajes que siempre son mejor que mi demente verborrea:



¿Igualdad?

“Era el día septidi 19 de pluvioso, año III, o según el viejo estilo, el jueves 7 de febrero de 1795, día consagrado por la antigua Iglesia a Santa Dorotea y por la Revolución al liquen, planta parasitaria, como todos sabemos. Por otra parte los parisienses no pensaban en la botánica ni en el calendario. Pensaban más bien en el pan. En la vecindad de las panaderías se oía decir a las gentes que hacían cola:

-         Parece que hoy no distribuirán más que dos onzas.

-         En el barrio Marceau no dan ni siquiera eso…

Soplaba un viento frío y húmedo de la Mancha del que no era posible guarecerse en ninguna parte; los vendedores de leña, en el umbral de sus tiendas, hacían muecas despectivas. Adoptaban aire de potentados. Por la mañana, en la calle de Mouffetard, habían sido encontrados cuatro cadáveres: una mujer y sus tres hijos. Habían muerto de hambre o de frío. Cerca del mercado, sabiendo que ese día septidi, o jueves, o día del liquen, no habría pan, la ciudadana Moreau le había gritado al panadero:

-         ¡Aquí están mis hijos! No tengo nada que darles de comer. ¡Mátalos!

Naturalmente la ciudadana Moreau fue detenida inmediatamente. Unos decían que era una tejedora y que, en tiempos de Robespierre, había bailado en torno a la guillotina. Otros por el contrario, aseguraban que trabajaba a sueldo para ese emigrado imprudente que osaba llevar el nombre de Delfín. Los hijos de la ciudadana Moreau lloraban. El agente de policía Luis Labrat movía la cabeza en señal de reprobación.

-         ¡Cuánto trabajo! Las mujeres tienen conversaciones sediciosas, las malas gentes mueren a la vista de todos y, por último, ese viento frío de la Mancha que no se calma. ¿No será Pitt acaso quien lo envía sobre la República? ¡Qué invierno! El Sena lleva ya helado cinco semanas… No es extraño que los astutos vendedores de leña hayan tomado aires de potentados. ¡Y ahora ese viento!

-         ¡El Correo republicano! ¡La Revolución ha terminado!

El policía aguza el oído: ¡Gritos sediciosos! ¿Qué será? ¿Realistas? ¿Anarquistas? ¿Agentes de Cobourg…?

Agarra por el cuello al voceador. Se trata de un chiquillo, de unos diez años aproximadamente, que vende periódicos.

-         ¿Quién te ha dicho que la revolución ha terminado?

-         Un ciudadano muy serio. Tenía un reloj de oro… así de grande. Me compró el diario. Me dio una libra, diciendo: “Gracias a Dios la Revolución ha terminado”.

Luis Labrat es un ciudadano consciente. Respeta la Convención, el busto de Rousseau en las Tullerías y los cantos patrióticos. Si en el fondo de su corazón respeta también los relojes de oro, no se lo dice a nadie.

Enfadado, reprende al pequeño.

-         Ese ciudadano era seguramente un agente de Inglaterra o un secuaz de Robespierre. La Revolución, amigo mío, no puede terminar. La Revolución es algo sólido, es para siempre. Lo demás es mentira.

El agente se lleva al muchacho que llora. El incidente se ha producido cerca del teatro de la república. El lugar se ve concurrido y la hora es agitada. Serán pronto las seis. Los ciudadanos se dirigen con paso rápido a los espectáculos. Algunos interrumpen su camino. ¿A quién detienen? ¿A un jacobino? ¿A un ratero? Todo el mundo sonríe cuando se entera de lo que ha pasado. Un hombre cuyos largos rizos caen sobre su cuello de terciopelo negro se echa a reír, viendo la cara de desconcierto del policía.”



Nuestra Señora de Termidor…

“El aniversario del 9 termidor había sido declarado fiesta nacional. Era <<La caída del tirano Robespierre>>. Los comerciantes cerraron con gusto sus tiendas. Porque ahora se desprendían a disgusto de sus mercancías. Por la mañana uno recibe un montón de bonos que al llegar la noche ya no valen ni para una cerilla. El pueblo se alegra en la fiesta. Han prometido que ese día darán a cada ciudadano una libra de pan. Y los bromistas dicen: ``Maximiliano que no hizo más que mal durante su vida, nos hace bien ahora después de su muerte´´. El pan era negro, húmedo y pesado, pero nadie se hizo el exigente. En realidad, en el mercado, había ese pan que todos deseaban, ese pan blanco como la nieve. Pero costaba dieciocho libras la libra. Los campesinos se sentaban sobre sus carretas, como reyes sobre sus tronos. No temían el 10 de agosto. Nadie podía derribarlos. Ellos tenían harina, tocino y manteca. Miraban con desprecio los bonos demasiado nuevos. Despreciaban por completo los sentimientos cívicos y exigían monedas de plata con la efigie del capeto guillotinado.

¡Media libra de pan, y viva la fiesta nacional!

Ni siquiera la victoria de Quiberon sobre los realistas había conmovido a los parisienses. En La Gaceta Francesa se escribía tristemente: ´´ Ni la conquista del mundo entero ni el triunfo universal de la Revolución, alegrarían tanto a esta ciudad como un aumento en la ración aunque éste no fuera más que de una onza´´.

Pero de todas maneras, no todos morirían de hambre. Los ciudadanos perspicaces, sabían combinar con sabiduría el ardor republicano y sus intereses. Proveían para los ejércitos revolucionarios: camisas, monturas, botas, polainas, forraje, tocino y hasta escarapelas tricolores. Ganaban mucho. Otros se dedicaban simplemente a especular. La ciudadana Bertin, una ex marquesa, había ganado poco tiempo antes sesenta y cinco mil libras con el aceite de oliva. Su antiguo palafrenero, el ciudadano Sirot, había revendido treinta cajas de sombreros florentinos y se había comprado un cabriolé a la última moda.”



Fin de la conspiración de los iguales…

“Después del arresto de los dirigentes, los patriotas se dispersaron. Ya no tenían énfasis ni organización.

El uno le decía al otro: ´´Sin embargo, no podemos estar con los brazos cruzados, hay que hacer algo, hay que actuar. ´´ El segundo aprobaba sus palabras de buen grado y ambos continuaban injuriando a Barras en algún café, donde, sin saberlo, se encontraban rodeados por los agentes de Cochon.

Sin duda, el descubrimiento del complot no había conseguido calmar el descontento del pueblo. Como antes, los obreros se reunían por la noche en los puentes. Gritaban:

-         Robespierre o el rey, nos es igual, con tal de que tengamos algo que llevarnos a la boca.

París, como siempre, parecía un volcán. Pero eran pocos los que adivinaban que ese volcán humeante estaba a punto de apagarse.
El Directorio, ahora, hacía proposiciones a los realistas, al igual que, después del Vendimiario, se las había hecho a los patriotas.
Los principios, al igual que los cargos ventajosos, provocaban regateos. Carnot era partidario de facilitar la entrada de nuevos clientes. Nombraba a los realistas, comisarios, administradores y jueces. Los emigrados habían dejado de ocultarse. Se mostraban a la luz del día en los salones de París.
Una vez más, la Iglesia amenazaba con olvidarse de los mártires y de las catacumbas. Antes de Pascua, los comerciantes de parís recibieron un mensaje anónimo que decía: ´´Si no cerráis vuestras puertas los días de fiesta, seréis considerados como jacobinos.´´

Todos los periódicos influyentes estaban en manos de los enemigos de la República.

Si los realistas no intentaban apoderarse del Gobierno era porque estaban incapacitados por la apatía general.

Después de haber leído la carta de Babeuf, los directores se habían hecho oídos sordos. Ahora ya no era un anarquista, sino Hoche, un general republicano, quien decía las mismas palabras: ´´Muchos de vuestros amigos os han abandonado. No esperéis que el resto se entregue a la desesperación y se pierdan queriendo salvar ilegalmente a la República… ¿Quién se atreverá a hablar de terroristas? ¿Dónde están? ¿Dónde está su ejército? El de los chuanes está en todas partes…´´. En las calles de París vuelven a aparecer banderas blancas. El Directorio respondió festejando fastuosamente el Termidor. Larevelliere, el giboso, era particularmente amante de los cortejos majestuosos, de las guirnaldas y de los juegos de artificio. Sentía gran placer poniéndose su sombrero de gala. Hubo poca gente. Nadie hizo eco cuando los ciudadanos directores gritaron ``Viva la República´´. Es que los amigos de la República odiaban al Directorio y, en cuanto a sus enemigos, preferían otras consignas más sinceras.

La policía, naturalmente, trabajaba como de costumbre. Frente a los realistas se abstenían, pues los realistas tenían dinero e influencias. En cambio, detenían a grandes criminales. Así, por ejemplo, se detuvo a la vieja cocinera de un ex – conde de Chalabre por habérsele encontrado un medallón con el retrato del bandido Marat en el pecho.
No todas las ex –cocineras o ex –porteros habían seguido honrando la memoria del Amigo del Pueblo. Algunos habían hecho carrera y despreciaban su pasado. Se ganaban bien la vida. El ciudadano Piot, en el transcurso de un año, había economizado, haciendo especulaciones, suficiente como para adquirir dos casas en París, cien hectáreas de tierra en Courtevois y dos almacenes, uno en Marsella y otro en Burdeos. Había muchos Piot. Apoyaban al Directorio contra los descamisados y los emigrados.”



Lectura en definitiva apasionante ahora que de nuevo el término ciudadanía se utiliza por la misma, las gacetas, panfletos y diarios tienen su traslación a Internet y el Sistema hace aguas con medradores de ríos revueltos.

París puede ser cualquier Villa y Francia cualquier región, porque auto titulados déspotas ilustrados son Barras en realidad y podemos identificarnos con Babeuf, sentir su ímpetu, su alma luchadora por la igualdad y ser traicionados como él lo es en la novela…

 No tanto por nuestros iguales como por nuestros líderes.



The Adversiter Chronicle, diario dependiente cibernoido
Salt Lake City, Utah
Director Editorial: Perry Morton Jr. IV

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