The Adversiter Chronicle

viernes, 17 de junio de 2011

The Adversiter Chronicle: Ni a pata ni alpargata y menos a la Alcarria

Suplemento viajero cutre de The Adversiter Chronicle




El viajero se levanta temprano y la noche de tertulia en el Savoy le pasa factura en forma de ojos irritados, cebollón neuronal y sueño. Prepara la maleta sin olvidar un libro, su fiel amiga la radio y un par de mudas, pantalón y sudadera por si el frio leonés hace acto de presencia. La noche anterior ha mirado la información meteorológica ,y como ocurre siempre, no le queda claro si hace mal o buen tiempo ya que el mapa televisivo pone en Asturias nubes con sol y lluvia, así es fácil acertar, y en tierras castellano leonesas la ciudad de León queda en ese limbo entre icono e icono infográfico recurriendo al viejo sistema de asomarse a la ventana para ver qué día hace...

El viajero viaja en buena compañía con lo que un fin de semana viajando a la comunidad autónoma vecina se convierte, al menos en teoría, en una dulce “luna de miel”. El plan de viaje es sencillo: ir a León ciudad, coger habitación y recorridos a pie hasta la catedral y casco antiguo con la perspectiva sorpresa para su acompañante de ir a visitar la Cueva de Valporquero, que aunque es conocida por el viajero en su época de estudiante, es desconocida para su acompañante.

El viajero come ligero para evitar ese dulce sopor inducido por la monotonía de la conducción por autopista y la barriga llena, disfrutando de la conversación con su acompañante y deleitándose con la belleza de sus ojos y su expresión a medio camino entre ilusión e intriga por conocer otro trocito de España lo que induce al viajero a fantasear con dulces retozones de fornicio.
El viajero emprende el viaje con la ayuda inestimable de su GPS que marca una duración estimada de poco más de dos horas que nunca suele cumplirse porque el viajero es prudente al volante y siempre disfruta de la autovía de montaña camino de León amén de que el coche no deja de ser un utilitario y su motor no admite grandes velocidades, aunque la velocidad de crucero de 90-100 km/h
la realiza sin problemas ni calentamiento del motor.

El viajero piensa que el invento de la autovía es un gran invento pese a su origen nazi y no puede evitar pensar que es una pena que la Autovía Minera no se hubiera hecho décadas antes lo cual hubiera impulsado un desarrollo de la región más fuerte y menos vulnerable a las reconversiones pero mientras conduce camino de Mieres para enlazar con la Autovía del Huerna no puede evitar que su mente viaje al recuerdo de su infancia cuando camino de Blimea iba con sus padres y los viajes por cortos que fueran siempre eran un descubrimiento de paisajes a toda velocidad por las ventanillas del coche..
El buen tiempo queda atrás tras entrar en tierras de Castilla León y nubes grises y densas dejan caer sus primeras gotas que terminan en auténtico diluvio torrencial que impiden ver el asfalto y el viajero reduce a cuarta y modera su velocidad porque no quiere morir absurdamente en la carretera junto a su acompañante.

Hace más de dos décadas que el viajero no pasa por León y observa con el estado de ánimo de la nostalgia de cuando era joven que el entorno urbano de La Virgen del Camino ha cambiado para mejor y mira a su izquierda recordando cuando era soldado y le adiestraban en la base aérea de la localidad, coge la mano de su acompañante y su mente viaja al recuerdo de las tardes de permiso y las noches sin dormir que no dejaban secuelas porque el viajero era joven, soldado y la vida era una incógnita.

El viajero conduce ya por la entrada a la ciudad y apenas reconoce el paisaje, con vía de circunvalación de dos carriles por sentido mientras espera que el GPS le indique la presencia de un hotel, no ha hecho reserva por Internet porque al viajero le gusta, siempre le gustó, esa incertidumbre de encontrar posada que hace sentir una mezcla de ansiedad e ilusión por acertar en la elección de hotel. El GPS lleva programado el centro de la ciudad y tiene la fortuna de encontrar un hostal a buen precio, con habitación libre para el viajero y su acompañante con aparcamiento enfrente del mismo y a cinco minutos a pie del centro.
La habitación es confortable, de dimensiones ajustadas, televisión y wi-fi, pero aunque el viajero lleva su ordenador portátil presiente que tendrá pocas oportunidades para usarlo, lo ha llevado por inercia y porque a veces el viajero necesita escribir durante la noche cartas en una botella a las estrellas, pero el viajero sabe que su acompañante difícilmente entendería que prestara más atención al teclado que a ella.
El viajero y su acompañante, tras instalarse, caminan hasta la catedral y sus aledaños recordando el viajero que la catedral de León siempre le gustó por la elegancia de sus líneas y la sobriedad de su interior. Al viajero le gusta que los aledaños de la catedral sean menos mercantilistas que en Santiago de Compostela porque, aunque no es creyente, sí respeta las creencias ajenas y no deja de parecer un parque de atracciones que la gente ande de aquí para allá rumiando en susurros y disparando continuos flashes de cámaras violando la paz y recogimiento de los templos catedralicios. En ese aspecto, la catedral de León permite apreciar la magnitud de la obra humana y respirar la densa atmósfera interior que proporciona la estructura. Pese a todo, no resulta una visita completa, están oficiando una ceremonia de boda y las salas y capillas de la parte del ábside se hallan cerradas al público y las palabras del oficiante, amplificadas por la megafonía, distorsionan el viaje interior del viajero y tras enseñarle la catedral, lo que se puede visitar, a su acompañante, decide salir al exterior ya que al viajero le interesa más descubrir los secretos de piedra que los misterios de ningún dios que diga un sacerdote. El viajero es de la opinión de que la religión es sólo un negocio más y resultan demasiado humanas las religiones para ser divinas.
Regresa el viajero y su acompañante por el casco viejo de la ciudad, callejuelas estrechas y amplias avenidas peatonales donde turistas y lugareños toman algo en la terraza. Se nota que es sábado y la chavalería invade las calles.
El viajero siente el estómago pedir alimento y pese a las reticencias de su acompañante terminan cenando en la cafetería-restaurante del hostal. El viajero pide un plato combinado y su acompañante melón con jamón. Pese a que al viajero le ha dicho su acompañante que no tiene mucho apetito, le termina cogiendo parte de su bistec a la plancha y la mayoría de la ensalada sin que por ello el viajero no se sienta pleno y satisfecho. 
Cae la noche de sábado y el viajero antes de dormirse no puede evitar recordar otras habitaciones de otros hoteles y hostales y le embarga esa dulce sensación de sentirse fuera de la rutina y añora la burbuja que le aísla de lo terrenal pero cuya presencia es constante y el viajero termina por poner muy baja de volumen la radio para no despertar a su acompañante, terminando por dormirse ya empezado el domingo...
El viajero ha dormido plácidamente aunque encuentra la almohada demasiado baja para su gusto pero agusto con su acompañante. Hace un día despejado y almorzar entre la charla propicia ese estado de ánimo dominguero que invita a la siesta tras una opípara comida esperando que San Lorenzo, ¡cómo añora el viajero la playa del mismo nombre envuelto en la burbuja!, deje de pegar tan fuerte.
Salen el viajero y su acompañante a pasear por las calles aledañas al centro y el rostro de la crisis económica muestra sus cicatrices en forma de locales cerrados, casas en venta y negocios que se alquilan. Sin embargo el ambiente es tranquilo con gente chumando, jóvenes alborozados y guiris cenando en las terrazas.
Siente el viajero ese tétrico aíre de los domingos al oscurecer y le embarga un instante de felicidad al pensar que el lunes se prolonga su fin de semana y piensa en aprovechar la mañana para visitar la cueva y regresar tras su visita...
El viajero y su acompañante se levantan temprano el lunes y abandonan la habitación aunque el viajero posa por última vez su mirada en la habitación como quien se despide de un barco al zarpar preguntándose si volverá a verlo.
El viajero y su acompañante reponen fuerzas con un completo desayuno pese a que el croasán no es mucho de su agrado pero que entra bien con el zumo de naranja.
Tras el desayuno, el viajero mete “Valporquero” en su GPS y una vez instalada su acompañante emprende lo que espera sea un trayecto de 50 km.

Dos horas y media después el viajero se caga en todos los santos y creadores del GPS cuando respira aliviado al ver a un lugareño en aquel páramo solitario leonés donde le ha llevado el puto GPS.
El viajero pregunta al lugareño, mayor de piel curtida y anciano moribundo si fuera urbanita, sorprendiendo al viajero y su acompañante con unos conocimientos de geografía leonesa digna de concurso televisivo de sapiencia geográfica, e incapaz de retener los datos decide, ante la mirada mezcla de hastío, pasmo y sopor de su acompañante, meter la última localidad que cita el lugareño en el jodido GPS, re3zando para sus adentros que no le lleve a otro extremo de la comarca.
Finalmente, cuarenta kilómetros después, encuentra el viajero la localidad y aparecen de una puta vez indicadores de la cueva emprendiendo el viajero un ascenso por parajes megalíticos vigilando la temperatura del coche ante la escalada por “curvas del coño”, llamadas así porque una vez que acabas su trazada curvilínea dices “coooño”, llegando finalmente al lacustre entorno de la cueva.
El viajero se ve en la tesitura de decidir junto a su acompañante si escoger la excursión de corto recorrido que empieza dentro de una hora o esperar a las 16:30 hora zulú para la de larga duración, escogiendo finalmente la de corta duración y se toman un café mientras esperan.

El viajero tiene gratos recuerdos de sus anteriores visitas a la cueva y espera que su acompañante, que nunca ha visitado una cueva, se sorprenda ante la magnificencia de la catedral de roca que es la misma.
Recordaba el viajero, o cree recordar, que hacía más frio en el interior del que siente, aunque la humedad es la recordada y la sorpresa ante la elaboración fluvial de la bóveda sigue dejando paso a la admiración telúrica de creatividad de la naturaleza y el viajero sigue sorprendiéndose en la galería del cementerio con el bloque desprendido del techo hace 500.000 años y donde se aprecia el rostro del llamado “fantasma” que realmente parece un fantasmagórico rostro.
El viajero emprende el regreso y al recorrer los parajes por donde le guía el jodido GPS le viene a la mente el pensamiento de que siempre fue algo gilipollas y, como alguien suele decirle, que es algo capullo ya que la cueva queda más cerca de Asturias de lo que pensaba y se acuerda del rodeo que realizó desde león capital cuando si se hubiera dirigido en dirección al puerto de Pajares desde un principio, hubiera llegado primero.

Pero el viajero está satisfecho, ha vuelto a un lugar de su pasado, ha impresionado a su acompañante con la visita a la cueva y pese a la niebla espesa y lluvia que hubo durante el descenso del puerto quedará un buen recuerdo de su viaje.
El viajero mira el familiar paisaje asturiano mientras enciende un cigarrillo, cierra los ojos y deja que la reconfortante burbuja que le protege de la rutina le empape mientras suena un blues...
The Adversiter Chronicle, diario dependiente cibernoido
Salt Lake City, Utah
Director Editorial: Perry Morton Jr. IV

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